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Pedro Leguina Eguia, un vasco chileno sensible y comprometido con Chile y el País Vasco

01/12/2016

Pedro Leguina Eguia (foto EuskalKultura.com)
Pedro Leguina Eguia (foto EuskalKultura.com)

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Nos llega desde Chile la noticia del fallecimiento hace algunas fechas, a los 88 años de edad, de Pedro Leguina Eguia, un vasco chileno nacido en Plentzia, Bizkaia, que llegó al país andino con apenas 9 años, tras vivir en carne propia las vicisitudes de la guerra e incluso episodios de ametrallamiento desde aviones fascistas en abril de 1937. Pedro Leguina mantuvo siempre en Chile su vasquidad y su apoyo activo a las instituciones democráticas vascas. Desde aquí nuestras condolencias a su familia y amigos.

Donostia-San Sebastián. Pedro Leguina creció en Chile en el seno de una familia que llegó al país andino con lo puesto, refugiada del régimen fascista del general Franco. Nunca olvidó Euskadi y mantuvo siempre sus nexos con su país de origen desde el agradecimiento y la lealtad hacia su país de acogida. Leguina fue una persona sensible y comprometida que ayudó eficazmente al Gobierno Vasco a lo largo de su vida y en particular cuando recuperado el Gobierno Vasco éste dio diferentes pasos para volver a tener presencia en Chile, hasta recuperar la actual Delegación de Euskadi en Santiago. Participó en Eusko Etxea, así como en varias de las entidades creadas desde la comunidad vasca y Eusko Jaurlaritza en materia de cooperación e institucional. Reproducimos aquí por significativa sobre su persona la referencia a Pedro Leguina que realiza Joseba Etxarri en su libro "Chile y los Vascos" publicado en 2004 en la colección 'Euskaldunak Munduan' por el Servicio de publicaciones del Gobierno Vasco. Mila esker, Pedro.

Nacido en 1928, Leguina nació marinero, con un abuelo “que era contramaestre del Euskal Erria, un barco dedicado a dragar puertos como Ondárroa, Lekeitio o Plentzia”. Su abuela fue educadora de párvulos y su padre capitán de la marina mercante. “Una réplica en miniatura del Euskal Erria, en el que mi hermana y yo jugábamos de niños con nuestro abuelo, está hoy expuesta en la Torre Ercilla de Bermeo; fíjese, yo visité el País Vasco treinta y ocho años después de haber salido, y cuál no sería mi impresión cuando vi izada en el mástil de la Torre Ercilla la bandera chilena”, rememora con un punto de emoción en la voz.

Recuerda nuestro interlocutor una niñez feliz en que jugaba con su hermana Alicia y otros compañeros en la plentziarra Plaza del Astillero, con algunos claroscuros –-“en el colegio, cuando hablábamos euskera, los curas nos hacían juntar los dedos y nos daban fuerte”—- y meses antes el momento trágico de la irrupción de la guerra, con la subsiguiente escasez de alimentos, la tarjeta de racionamiento y los combates, cuyo estruendo llegaba hasta Plentzia. Su retina guarda grabado un día en particular. “Era después del almuerzo, a las tres o tres y media de la tarde. Veníamos mi madre y yo en el auto, conducía un chófer, cuando de repente se para. Mi madre me agarra, me tira contra la cuneta y me tapa con una manta. Sentimos tres aviones, con ese ruido particular. En eso uno de ellos se separa y ta-ta-ta nos ametralla. Yo levanto la manta y a dos o tres metros en la carretera rebotaban las balas. Ocurrió el mismo día del bombardeo de Gernika. Eran los nazis amigos de Franco. Por suerte no nos dieron”.

Durante la guerra su padre, marino, se puso al servicio del Gobierno Vasco y se desempeñó fiel a las instituciones democráticas para las que realizó varias misiones, con pasaporte y documentación vasca, y un salvoconducto expedido por el propio lehendakari Aguirre. Como otras muchas familias, los Leguina tuvieron que refugiarse, y embarcaron en el buque La Habana, que les llevó a La Pallice, en Francia. De allí fueron a Londres, de donde a pesar de la difícil situación conserva los buenos momentos. “Recuerdo que a las once de la mañana nos traían un frasquito como de un cuarto de litro de leche; ese sabor especial de la leche nunca me ha abandonado; a pesar de los años, siempre que tomo leche me acuerdo de aquellos días”, asegura. En Gran Bretaña Pedro, su hermana y su madre se reúnen con su padre, que será nombrado en Glasgow capitán del Gernika, un buque mercante que parte con destino a un puerto ruso. Tras varias vicisitudes, de vuelta en Gran Bretaña embarcan en Liverpool en el Reina del Pacífico y, en el último viaje que realizó el barco antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial, llegan a Chile --Leguina lo recuerda con suma precisión—- “el 30 de noviembre de 1938”. Su padre llegaría un mes después.

En Chile son acogidos por parientes de su madre, entre ellos los Olivares Garay de Melipilla. Pero la vida no fue fácil para los Leguina. Su padre nunca volvería a ser el mismo. “Él llegó muy derrotado. Había perdido la guerra y no sé... Otros se sobrepusieron y desarrollaron aquí una vida exitosa, pero a mi padre y a otros que habían sido allí abogados, médicos, no les fue tan bien, algo les pasó, aquello les dolió demasiado. Trabajó primero en Santiago y luego puso una fuente de soda en Valparaíso, frente a la estación del puerto”. Pedro hijo empezaría a trabajar a los catorce años. “Trabajaba de día, en una ferretería, y estudiaba de noche, en el Instituto Eduardo de La Barra”. En 1946 le otorgaron el Premio Alcalde de Valparaíso al mejor alumno de la provincia. Más tarde sería profesor en el propio Instituto, y también en la Universidad de Chile.

Desde el País Vasco, también sus abuelos maternos, Antón Eguía Iraundegui y Amalia Olivares Garay, llegaron a Chile para quedarse. Pedro se casó en Valparaíso con María Antonia Oyarzun González, con la que ha tenido seis hijos “que están más vascos que yo”, sostiene; sus nombres, Pedro, Iñaki, Lander, Andone, Jaione y Begoña, tres chicos y tres chicas de los que está “más que orgulloso”. Desde que se jubiló en 1987 como gerente de una empresa alimentaria, Pedro Leguina vive dedicado a proyectos solidarios. “Estuve primero con Pedro Oyanguren en el departamento de Cultura de Eusko Etxea. Cuando en 1993 se crearon la Fundación Vasco Chilena y su congénere Forydes, no lo dudé y me involucré de lleno”. Ahora, al cabo de unos años, observa con satisfacción cómo la labor de ambas instituciones abarca proyectos en siete regiones chilenas.

“Mi dedicación actual enlaza a veces con mi propia historia personal”, asevera Leguina. “Recuerdo de niño estar en quinto de Preparatoria con fuertes dolores de muelas, que no podía solucionar yendo al dentista porque no teníamos dinero. Y ahí llegó al colegio una especie de autobús grande: nos ponen en fila, uno por uno nos van subiendo y ahí me sacan esa muela, imagínese qué fue aquello para mí. De modo que no es de extrañar que constituyera para mí un motivo de especial satisfacción la puesta en marcha de nuestro primer proyecto como Forydes, el Centro Vasco-Chileno de Odontología Infantil en la V Región, orientado a la atención dental gratuita a niños menores de catorce años, en colaboración con la Universidad de Valparaíso”.

Es uno de los cuarenta proyecto que apoya la cooperación vasca en Chile. Pedro Leguina siente y se plantea su labor actual a modo de obligación moral. “Me siento deudor con este país que nos acogió a tantos y tantos vascos en los momentos más cruciales de nuestras vidas. En mi opinión, un sentimiento ineludible en toda persona es la gratitud, y con esto creo estar agradeciendo a Chile una parte de todo lo que hizo por nosotros”, asegura. “A veces me preguntan de dónde me siento”, continúa, “y yo siempre digo que vasco, ésa es mi nacionalidad; pero tengo la ciudadanía chilena, sí, y en buena hora. Yo no puedo decir que Chile es mi segunda patria, yo tengo dos patrias: Euskadi, que es mi patria, y Chile que también es mi patria”, sostiene con rotundidad.

GB



Comentarios

  • saludos

    La historia contada con lujo de detalles, tal cual lo haría mi abuela Alicia Leguina Eguia.

    viviana Landeros M (Santiago), 10/06/2018 05:50

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