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Xabier de Irala, vasco nacido en Nueva York, educado en Francia y Filipinas, bilbaino con casa en Ainhoa, Lapurdi

18/08/2009

Xabier de Irala
Xabier de Irala

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Xabier de Irala es un vasco de la Diáspora. Nacido en 1947 en Nueva York, donde su padre, Anton de Irala, un histórico del nacionalismo vasco se hallaba exiliado, vivió desde pequeño acá y allá, en estrecho contacto familiar con el mundo del exilio. Habla idiomas, conoce mundo, estudió en Filipinas, en la prestigiosa Universidad de La Salle de Manila, y más tarde 'retornó' a Euskadi. En 1996, José María Aznar le nombró sorpresivamente presidente de la compañía Iberia. Más tarde ha pilotado la Bilbao Bizkaia Kutxa (BBK), la más potente de las cajas vascas. Manuel G. Pascual firmaba el pasado mes de julio este artículo --titulado 'Un Hombre de mundo'--en el diario económico madrileño Cinco Días.

Manuel G. Pascual/Cinco Días. ¿A quién no le gusta ver mundo? Ya decía Séneca que cabalgar, viajar y cambiar de lugar recrean el ánimo del hombre. En este sentido, Xabier de Irala (Nueva York, 1947) se ha recreado pero bien. Nació en Estados Unidos, estudió el bachillerato en Francia, la carrera en Filipinas y ha trabajado en Reino Unido, Portugal y España. Y, pese a todo, dicen sus amigos que es más vasco que nadie. Está claro que este ingeniero industrial no ha vivido una vida convencional, aunque él sea, según dicen, un tipo sencillo. Además de haberse paseado por medio globo, Irala pilotó la privatización de Iberia y ha dirigido durante los últimos seis años la Bilbao Bizkaia Kutxa (BBK), cuyos casi 4.000 millones de euros de fondos propios la sitúan como la primera entidad en patrimonio neto sobre balance.

Pero todo viaje llega a su fin. Irala encara ahora la recta final de su etapa al frente de BBK. El pasado mes de abril anunció que abandonaría su cargo a finales de julio, tres años antes de acabar su mandato. La razón aducida: motivos de salud. No en vano, en 2007, en vísperas de la celebración de los 100 años del nacimiento de la caja, Irala sufrió un derrame cerebral. Ya entonces tomó la decisión de retirarse para dedicarse a la obra social de BBK. Su último gran reto profesional, la fusión de las cajas vascas, deberá acometerlo su sucesor, Mario Fernández.

Se dice que viajar es vivir más. Si eso es así, la salud no debería preocupar demasiado a Irala, que es además un hombre fornido, con la complexión de un jugador de rugby --de hecho lo fue, aunque no a nivel profesional, cuando vivía en Francia--. También le gusta, como buen vasco que es, la pelota vasca, el mus y sentar a sus amigos alrededor de una mesa para charlar y compartir con ellos una buena comida. No sin antes pegarse una caminata bien temprano por el monte --es un gran madrugador--. Su manera de ser disipa cualquier duda acerca de sus orígenes: un poco tosco a primeras y de carácter marcado, pero entrañable con sus amigos.

Como dice el chiste, los bilbaínos nacen donde quieren. En su caso, el destino --o más bien la Guerra Civil-- quiso que Irala naciese en Nueva York. Allí fue donde se exilió su padre, Antón de Irala, el que fuera secretario del primer lendakari del Gobierno vasco, José Antonio Aguirre, y uno de los encargados de conseguir el dinero, organizar la compra y trasladar hasta Bilbao el armamento que permitió a los Batallones Vascos defender las instituciones de la ofensiva nacional. Cuando Xabier aún era un niño, los Irala se trasladaron a Francia, país en el que cursó el bachillerato y en el que mucho más tarde conocería a la madre de sus hijos, fallecida hace dos años. Luego se trasladaron a Filipinas, donde estudió industriales en la Universidad De la Salle de Manila.

Viajar no sólo enriquece el alma: también aporta conocimientos. Un efecto colateral del nomadismo que ha caracterizado la vida de Irala es que habla a la perfección el inglés y el francés (además del castellano y el vasco). Su primer trabajo, ya de vuelta en Euskadi, fue precisamente como traductor en General Electric. Allí, inspirado en Jack Welch, entonces director general de GE, desarrolló su estilo de gestión, muy de la escuela americana: fidelidad a los métodos y procesos, relación muy fluida con los equipos de colaboradores, a los que da mucha autonomía, y una especial atención en satisfacer al cliente. Llegó a ser vicepresidente de General Electric France, con lo que consolidó su unión al País Vasco francés --siempre que puede se escapa a Ainhoa, un pueblecito a pie de Pirineos--. Antes de ello pasó por las filiales portuguesa y británica de la compañía.

No fue hasta 1990 cuando Irala se asentó definitivamente en la Península. Le nombraron vicepresidente ejecutivo de ABB-España. Pero el auténtico giro de su carrera se produjo en 1996, cuando el primer Gobierno Aznar le llamó contra todo pronóstico --Irala nunca ha escondido sus simpatías hacia el nacionalismo vasco-- para dirigir Iberia. A partir de entonces, su cara empezó a ser cotidiana en los telediarios: las pérdidas de la empresa, las huelgas de pilotos y el proceso de privatización tuvieron la culpa de ello. "Pasamos por momentos duros, pero quizá el peor fue cuando tuvimos que cerrar la compañía con motivo de una huelga", recuerda Ángel Mullor, mano derecha de Irala en Iberia y buen amigo suyo. Ese episodio, por cierto, fue toda una demostración de carácter: el cierre de Iberia duró unas horas, pero supuso que Irala se enfrentara al entonces ministro de Fomento, Francisco Álvarez-Cascos.

Eso sí: cuando abandonó la compañía aérea, ésta se había convertido en una empresa privada y rentable. Por eso le llegó luego una buena oferta de BBK, que aceptó sin dudarlo. Primero porque consideraba que ya había hecho todo lo que iba a hacer en Iberia, y segundo porque quería trabajar para su tierra. Dicen, además, que igual que uno no viaja siempre a los mismos sitios, a los empresarios les gusta cambiar de sector al menos una vez en la vida.

Y el viaje que inició Irala con BBK, a la que convirtió en una de las cajas más solventes del país, está ahora llegando a su fin. Atrás quedaron ya los dos intentos de fusión que lideró --la primera, con Kutxa y Vital, y la segunda sólo con Kutxa--. Más tiempo hace aún de los dos primeros años de Irala en la caja, durante los cuales desayunó cada día con siete empleados diferentes de las más de 400 oficinas de BBK --toda una demostración de estilo--.

Alguien dijo una vez que si el mundo es un libro, los que no viajan leen sólo una página. Aunque Irala concluye ahora un capítulo, muchos querrían ir tan leídos como él.

(publicado el 04-07-2009 en el diario Cinco Días de Madrid)



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