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«Bonetxea, el marino vasco que exploró la Polinesia en el siglo XVIII, está más reconocido en Tahítí que aquí»

11/12/2005

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Domingo Bonetxea (Getaria, 1711-Tahití, 1775) fue un marino vasco, comandante de varias expediciones a la Polinesia. Una famosa leyenda de los Mares del Sur es precisamente la del 'tesoro de Bonetxea', referida a este getariarra que exploró la Polinesia en el siglo XVIII. Miembros de la Asociación de Estudios del Pacífico, tras años de investigación, han localizado en Tahití el lugar donde fueron enterrados Bonetxea y su supuesto tesoro. El historiador Juan Mari Garate, uno de los autores del trabajo, es entrevistado en las páginas de Gara.
Francisco Mellén, José Manuel Alonso Ibarrola y Juan Mari Garate son los autores de un reportaje publicado este domingo en el suplemento Zazpika del diario Gara en el que dan cuenta de las conclusiones de un trabajajo de investigación realizado durante años y que puede ser un paso definitivo para resolver el enigma del «tesoro» de Domingo Bonetxea. ­Refrésquennos la memoria, por favor. ¿Quién fue Bonetxea y cuáles fueron sus méritos? Nació en Getaria en 1711 y murió en Tahití en 1775. Fue un marino ilustrado prototípico. Realizó levantamientos cartográficos en muchos lugares, sobre todo de América del Sur, pero ha pasado a la historia fundamentalmente por las dos expediciones que, al mando de “El Aguila”, realizó en 1772 y 1774 a la Polinesia, donde exploró más de treinta islas. ­¿Qué le llevó allí? Carlos III es informado de que Cook navega por los Mares del Sur, lo que le lleva a ordenar una operación para tratar de adelantarse a los ingleses en la exploración y posible colonización de las islas polinésicas. El encargado de realizarla es Bonetxea, quien, en su primer viaje, entabla una buena relación con los indígenas, y, en el segundo, funda ya una misión. ­¿Y qué hay del tesoro? Con la misión ya establecida, el 1 de enero de 1775 se celebra la primera misa en Tahití. Apenas unas semanas después, el 25 de enero, fallece Bonetxea. Y es enterrado con su traje de gala, su sable y todos los honores. Muchos indígenas, por el respeto que les inspiraba el personaje o por simple curiosidad, se acercaron a presenciar la ceremonia y, sin duda, debieron quedar deslumbrados. Hay que tener en cuenta que no conocían los metales y el mero brillo del sable al sol podía ser para ellos algo absolutamente fuera de lo común. Probablemente ése es el origen de la leyenda del tesoro de Bonetxea, que ha subsistido durante más de dos siglos. Todavía no hace treinta años que un famoso abogado de la isla encabezó una operación de búsqueda del tesoro tan imponente como infructuosa. ­Ustedes, sin embargo, afirman haber localizado la tumba y, de hecho, mañana publican en «Zazpika» los mapas que les han conducido a ella. Nosotros llevamos mucho tiempo indagando sobre Bonetxea, personaje del que, hasta hace apenas diez años, vagamente sabíamos que era guipuzcoano. Hoy, gracias a la investigación, sabemos bastantes cosas, algunas tan básicas como que era de Getaria o que su segundo apellido era Andonaegi, y no Iribar, como se afirmaba en algunos documentos. Recuerdo, en este sentido, la emoción que me causó encontrar su partida de defunción, en la que consta que «murió en una de las islas de la mar del sur descubiertas por él mismo». Pues bien, es en el marco de esa investigación global para recuperar la figura de Bonetxea en el que Francisco Mellén ha conseguido situar en el mapa el emplazamiento de su tumba, a base de cotejar antiguos planos con fotografías aéreas actuales. ­Dice usted que la investigación está orientada a recuperar la figura de Bonetxea. ¿Está infravalorada? Desde luego. Está más reconocido en Tahití que aquí. Por ejemplo, todos los años, en enero, conmemoran aquella primera misa y la muerte del marino. De hecho, el arzobispo de Papete nos ha invitado a acudir este año a los actos conmemorativos, porque llevamos años enviando información y material. Habíamos hecho incluso algunos contactos allí para seguir profundizando en la investigación. Sin embargo, hemos tenido que declinar la invitación, porque estábamos pendientes de una bolsa de viaje que habíamos solicitado a la Diputación o al Gobierno Vasco y, al final, ni siquiera nos han contestado. Sin embargo, para otras cosas y otros personajes, como Legazpi, por ejemplo, no falta dinero. ­¿No le han parecido bien las conmemoraciones en torno a Miguel López de Legazpi? No es que me parezcan mal. Lo que pasa es que tengo la impresión de que Legazpi, como Elkano o Urdaneta, son grandes y, como tales, están reconocidos, no sólo aquí, sino en todo el mundo. Pero hay toda una serie de personajes, como Bonetxea, que tienen una importancia clara y, sin embargo, son desconocidos, y la investigación sobre ellos parece que no interesa. Ahí está, por ejemplo, el pasaitarra Moraleda, muchísimo más reconocido en estos momentos en Sudamérica, donde un importante canal lleva su nombre, que aquí. O Zamalbide o Zubiaur. A mí, por ejemplo, me apasiona el Pacífico, las islas polinésicas, zona de derrotero casi obligada. Y, sin embargo, hay lagunas tremendas.

(publicado el 10-12-2005 en Gara)


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