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Abuelo Joaquín

11/20/2018

“Lo vi acercarse a paso cansino, en su boca el infaltable cigarro, en su mano el tazón de sopa-leche de la tarde. El sol arreciaba en el potrero y yo sudado por correr tras la pelota con los chicos del barrio, hubiera querido salir disparando y esconderme tras los eucaliptus del entorno, pero pudo más la ternura, el respeto que me inspiraba el abuelo, y con la cabeza gacha me acerqué al alambrado aceptando la merienda que devoré rápidamente. A sabiendas de lo que se venía después, le di un gracias de reojo y volví al tranco al centro de la cancha, para soportar los silbidos y las bromas de mis compañeros hasta que alguno se dignara a poner de nuevo la pelota en juego.”

Una fría mañana de Noviembre de 1883 en el caserío gipuzkoano de Irura, José Joaquín Echezarreta Amiano se enfrentó por primera vez con la vida. Era el segundo hijo de Miguel José Echezarreta Telleria y de Josefa Joaquina Amiano Anzorena. José Gervasio, el primogénito, lo miró con asombro, al berrear dentro de la cuna de canelo que su padre había tallado pacientemente para ellos. Luego vino otro hermano, Juan Cruz, y una hermana, María. Así, abuelos, padres e hijos compartieron los pisos del caserío, levantado en el fértil valle del rio Oria, junto a las tareas propias del campo. Las mujeres en la huerta y el corral. Los hombres en el taller detrás del establo y los niños tras las ovejas con los txakurrak.

Pedro Ignacio Echezarreta Olasagarre trabajaba el hierro fabricando artesanalmente hachas, azadas, picos, palas, laias y todo tipo de herramienta necesaria para la agricultura y las tareas con el ganado; su hijo Miguel José tallaba y construía muebles y herramientas de madera. Una pequeña industria familiar para uso propio y de vecinos. En tanto la abuela, Maria Josefa Tellería Olano, y su nuera, Josefa Joaquina, preparaban los productos de la huerta y el corral para los mercadillos populares de los domingos y la fiesta en honor de San Miguel Arcángel los 29 de Septiembre donde se lucían con los sabrosos quesos y los envidiables corderos. No solo lo producido era para consumo de la familia, sino también para el comercio que permitía aumentar los ingresos. Los niños iban creciendo en este ambiente industrioso y pastoril donde el trabajo y la austeridad les hacían fuertes y saludables.

Pasado un tiempo los jóvenes hermanos comenzaron a viajar en el carro tirado por los bueyes hasta los ayuntamientos vecinos: Anoeta, Besain, Albiztur incluso hasta Azpeitia llegaban con su carga de herramientas y enseres para el hogar llevando a cabo las ventas de lo fabricado en el caserío durante el año. Gervasio hacía alarde de su apostura y ganaba los mejores precios con la etxekoandre de cada hogar, celosa de su economía. Joaquín, serio y responsable, se limitaba a bajar la mercancía vendida sin decir palabra, apenas un egunon o  arratsaldeon casi inaudible, y el más pequeño, Juan Cruz, desplegaba simpatía con su irrintzi, oihukikisai y su pregón.  El camino era a pan y queso, vino en bota o sidra de temporada, o el agua clara y fresca de las numerosas errekak que surcaban el valle. De regreso en la etxeaama y Maritxu los esperaban con babarrunak y sus sacramentos, bildotsa y las deliciosas torrijas con membrillo y queso. Todo era los comentarios del camino, las ventas, la cuenta de monedas con aita bajo la paciente mirada de los abuelos.

Sin embargo rápido transcurrió ese período de paz en el que crecieron los hijos. Nuevamente volvieron las rencillas políticas, las guerras internas, las reyertas que se llevaban a los jóvenes y creaban la miseria de los campos productivos. Así fue que por el 1900 Pedro y Josefa Joaquina decidieron embarcar hacia América a sus dos hijos mayores, Gervasio y Joaquín, para alejarlos de esas rencillas y salvarlos de un servicio militar que los llevaría a África con peligro de sus vidas; pues sabido era que a los vascos los destinaban a lugares de los que no había regreso. Los hermanos arribaron a la Argentina a principios del siglo XIX y trabajaron como peones durante un tiempo en campos cercanos a Lobos, en la provincia de Buenos Aires. El cuidado de ovejas a tercio les proporcionó unos pesos como para arrendar un campito, hacerse de unas vacas y poner un tambo. Gervasio siguió con su vida de soltero y Joaquín conoció en una romería, como se estilaba entonces, a una hija de vascos, Graciana Arrevillaga Leiza. Y con ella formó una familia que pronto se vio bendecida con siete hijos: Juan Francisco, Gervasio, Gabriel, María Joaquina, Armando, Justino y Nélida Graciana. La vida campesina para todos les permitió hacerse de una respetable posición económica y a mediados de la década del cuarenta dejaron el campo para instalarse en General Rodríguez, siempre en la misma provincia. Allí en casa de Joaquín vivió también su hijo mayor Juan Francisco quien casado con Carmen Ferreiro acompañó al padre en la reciente viudez. De ese matrimonio nació un niño: Juan Carlos Echesarreta quien recuerda hoy la historia familiar.

“De sus costumbres campesinas guardaba el hábito, en las noches de crudo invierno, de preparar después de cena, agua bien caliente y llenar con ella un porrón de ginebra de barro cocido -que todavía conservo- para calentarse los pies en la cama. A mí que me gustaba sentir las sábanas heladas, en mis atormentados pies de chico travieso, me parecía algo imposible de soportar. -¿No le quema abuelo?  Él me miraba con una leve sonrisa, me acariciaba la cabeza y me decía – Txotxolo…ez izan beldurrik…no tengas miedo. Y se iba caminando lento por el largo pasillo hasta su cuarto, donde seguramente, antes de dormir, se sentaba al borde de la cama para fumar el último “Gavilán” de la jornada. Ume, vamos- me decía – vete comprarme atado de “Gavilán”,  no vea tu aita- . Y yo corría hasta el almacén de la esquina a comprarle esos cigarros negros, de fuerte sabor- los más baratos además- que tenían una marquilla o etiqueta roja y que me servía para mi colección de entonces o para intercambiar con mis amigos. Mis padres no le dejaban fumar porque dañaba su salud, por eso él aprovechaba la ausencia y yo era el enviado. Más de una vez me ligué un buen coscorrón en la orejas por traerle cigarros más caros… para quedarme con otras etiquetas. Bihurri! Atximurka darte –mientras dejaba colorada mis orejas- me decía entre dientes en ese idioma raro que mezclaba con el nuestro. Mucho tiempo después cuando la nostálgica memoria de esos años me llevó a crear, junto a otros descendientes, el “Eusko Aterpea” de General Rodríguez supe que su idioma era el euskara y me propuse aprenderlo”.

A Joaquín le gustaba sentarse por las tardes, en el umbral alto del zaguán de su casa, junto a su nieto para contarle en un castellano enredado algunas cosas de su vida y nombrarle a los vascos del pueblo: Bidegaray, Sagardoy, Juanbelz, Gorostiaga, Echeverri, Echegaray, Elgue… y esa charla se mezclaba con la de los vecinos y los amigos que se detenían a conversar o para invitarlo a un mus con txikito en el bar que estaba frente a la plaza. Y como a los vascos les gusta cantar, le cantaba al nieto las canciones en euskara, con esa voz de barítono que humilde escondía, sin faltar a diario una canción, la hermosa “Andre Madalen”. Era una forma de mantenerse aferrado a aquella tierra perdida, aquella familia lejana y de transmitir sin saberlo el amor a los ancestros.

De ese árbol nacido en Euskal Herria con los abuelos paternos Pedro Ygnacio Echezarreta Olasagarre de Altzo y Josefa Joaquina Amiano Ansorena de Bidegoian; y los abuelos maternos Francisco Amiano Eceiza de Bidegoian y Antonia Josefa Ansorena Maiz de Tolosa, ramas y retoños de otros árboles donde se entrecruzan ramas que se apellidan Lasa, Aranburu, Urkiola, Usabiaga, Elosegi, Goikoetxandia, Zufiaurre, Irazusta, Olano, Otamendi, Ugartemendia, Gorostidi, Murua, Camio, Lete, Apaolaza, Iraola,  Zubelzu, Arteaga y muchos más hasta llegar a lo que no tiene fin Joaquín inició este otro árbol junto a Graciana que también extendió sus ramas e hizo raíces en esta nueva tierra.  De Juan Francisco: Juan Carlos. De Gervasio: Beatriz, Susana Graciana y Juan Carlos. De Armando: Susana Herminia y  Marcela. De Nélida Graciana: Cristina, Patricia, Beatriz, Nélida y Graciana. Todos llevando en sus venas la savia que Amalur entrega generosa a los vascos y sus hijos y que hace que aún en la distancia y a través del tiempo todos sientan la premura de amarla y conocerla.

“Aún escucho esa voz, el Andre Madalen que el grupo arrecifeño Maral me devolvió un día de fiesta vasca. Vuelvo a sentirme como de doce años, cuando decidió marcharse al cielo de sus padres, dejándome la sensación de su figura preparando mi tazón de leche con pan por las mañanas y de su rugosa mano apretando la mía camino a la escuela; esta herencia de recuerdos, voces, música, trabajo, de amor incondicional y breves palabras. Este valioso legado de mi aitona José Joaquín Echezarreta Amiano.”

Marita Echave

(escrito originalmente en Octubre de 2016 para Juan Carlos Echesarreta)

Vocabulario en euskara:

-Txakurrak: perros
-Laia: antiguo instrumento de labranza a mano.
-Etxekoandre: señora de la casa
-Andre Madalen: (conocida canción y baile) Señora Magdalena
-Egunon: Buen día
-Arratsaldeon: Buenas tardes
-Irrintzi: grito prolongado de alegría o alerta con que se comunicaban los pastores.
-Oihu: grito de llamada
-Kikisai: grito de alegría
-Errekak: riachuelos
-Ama: madre
-Etxea: la casa
-Babarrunak: alubias
-Bildotsa: corderito
-Ume: niño
-Bihurri: pícaro, pillo
-Atximurka: pellizco-coscorrón
-Aitona: abuelo
-Txotxolo: zonzo
-Ez izan beldurrik: No tengas miedo
-Mus: juego de cartas con señas
-Txikito: vino servido en jarritos o vasos muy pequeños
-Amalur: Tierra Madre, tierra de origen



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Marita Echave

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